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lunes, 17 de noviembre de 2014

UN RELATO CORTO


ArmandoPrieto Sust. 





Dice así este relato corto: 

Hola, muy buenas. Soy un relato porque relato, y soy corto porque no soy largo. Un día me cansé de temer a los largos y me rebelé. 

El relato largo, el cuento corto, el cuento "cuento", la novela corta, la "noveleta", la novela "novela" de muchos tomos, y las Obras Completas se reunieron. 

De pronto, tomé impulso. Estaban todos en fila y les pasé por encima de un gran salto... 

Caí allá, muy lejos, pero no lo suficiente como para que no me alcanzara el de "Seguridad" quien, al verme, tomó su 
"emisora", "walking-talking" o "radio".  

En fin, se llevó el aparato a los labio diciendo: 

-¿Sí?: Relato: Cambio...  ¡CORTO..! 
                                                       

Entonces fui feliz...  Tan feliz, siendo aún este relato corto

-¡CORTO...! 

Y no me "CAMBIO" por nada en este mundo...  


                                                       
  







LOS INDIOS DE SARAH BERNHARDT- II, (SEGUNDA PARTE, claro...)





    Habíamos partido de la premisa de que la  célebre y polémica actriz francesa Sarah Bernhardt, de viaje y actuaciones en Cuba durante una gira por toda América, había comentado, refiriéndose a los cubanos, que éramos unos " Indios con frac" y que , años más tarde, al preguntársele a la propia actriz si era cierto que ella había dicho esto de los cubanos, la divina respondió: 


_ ¿ Yo...?.¡ No!. ¡ Jamás he dicho eso...! Indios, sí.  Pero con frac, ¡Nunca..! 
    
Algunos estudiosos de las conquistas europeas del nuevo mundo americano, distinguen entre las características que diferenciaron a los británicos y anglosajones que colonizaron principalmente el norte, y las de los ibéricos, que lo hicieron con el sur y centro, como es el caso de Cuba. Se dice que los británicos vinieron más con visión de asentarse, de fundar villas y ciudades y de trasladar sus costum-bres y cultura a las nuevas tierras, y que era más frecuente entre ellos que viniesen con sus esposas, familias, etc; mientras los que nos tocaron a nosotros eran más aventureros, venían solteros o solos, más con intención de saquear, explotar y volver a casa con un buen botín.     Claro está, que los del norte tampoco eran unos angelitos que les pidieran permiso a los señores inditos para instalarse cordialmente entre ellos, irse juntos al trabajo, jugar al bridge por las noches y al beísbol los fines de semana; pero parece ser que la conquista ibérica fue más sangrienta y despiadada, lo que no significa que no lo fuera la del norte.    Entonces, claro. ¿ Les iban a pedir los inditos a los señores Diego, Hernán, Alvar, Francisco, y compañía que los dejasen tranquilitos y se volviesen con sus regalos?.     Y no sólo a éstos, sino también a los soldadillos de fila, a los marinerillos simples, que venían con los ojos y las cabezas llenos de codicia, y que cumplían órdenes de una corona que recién había constituido la hegemonía española al unirse, con el matrimonio de Doña Isabel de Castilla y Don Fernando de Aragón, los principales núcleos hispánicos; que emprendían un proyecto de reinado ambicioso, tras haber expulsado a los moros de Granada, -sometida a la ocupación árabe por más de siete siglos-, y a los judíos de todo el reino, introduciendo de paso, la Santa Inquisición. Comenzaban a planear la culminación de conquista y reconquista de muchos otros territorios, como las Islas Canarias, Navarra y muchos otros, dentro y fuera de la geografía hispana. Y, por supuesto, para todo ello se necesitaba disponer de riquezas.      Estos "pobrecillos" marineros y soldados de fila, -improvisados, de "ocasión" y de fortuna, los más- vendrían a llenarse los bolsillos y a salvar en esta misión los sueños e ilusiones y los estómagos de las familias que habían dejado en, ( ¿España...?. ¿ Qué era y dónde quedaba, entonces, lo que hoy conoce-mos como España ? ), aquel país que, para muchos de ellos, no estaría ni bien claro cuál era, más que su propio terruño.     Traían el mismo propósito, -desesperado en no pocos casos-, que movía a los vendedores pregoneros ambulantes de la calle de mis memorias infantiles y que mueve casi todas las empresas del ser humano en este Reino de Dios, con las diferencias que nos pone el altísimo, de tipo moral, ético, humano y de toda catadura, y que nos ha hecho llegar a la conclusión, en las más disímiles situaciones que se nos revelan a cada paso, de que "el fin, (¿ si ?), (¿ no?) justifica los medios".    Así, pues, a eso venían. Movidos por esos "nobles" propósitos, se habían enrolado en la loca aventura de surcar los océanos en frágiles e inseguras naves, en pos de un destino que no se sabía a ciencia cierta si era real o no, o si eran habladurías, ( no existían las agencias informativas cablegráficas, ni la tele por satélite, ni Internet, para confirmar las noticia),  al tiempo que cumplían órdenes de un reino que estaba necesitado y sediento de rellenar sus arcas maltrechas, reino que entraba en guerras constantes por la supremacía militar, comercial, -y hasta por conflictos religiosos, familiares y dinásticos-, con otros ejércitos de los entonces restantes imperios euroasiáticos, principalmente los turcos, -herederos del guerrerismo de los fenicios, cartagineses, otomanos, bizantinos, romanos, etc, que ya habían conquistado y reinado en varias regiones del entonces reino de España, disputándose constantemente el control y el dominio de las rutas de las especies y otros beneficios de sus antiguas colonias del otro hemisferio; cuidándose constantemente hasta de levantamientos e intentos por destronarlos por parte de un pueblo descontento y sumido en la miseria y de una cada vez más pujante burguesía que quería hacerse con el poder; cuidándose de los Borbones, los Saboyanos, los Médici, los Estuardo, los Habsburgo, etc, etc, etc; en su puja para hacerse con el trono español, que abarcaba por entonces hasta algunas ciudades italianas, francesas y portuguesas, mientras otras que hoy sí son españolas, no lo eran. Trono español que, por demás alcanzó a reinar en Alemania, países bajos, así como en otros países centro-europeos, euroasiáticos, africanos, etc, amén de sus colonias de ultramar.


   


 Y me refiero no sólo al período de reinado de los Reyes Católicos, porque Isabel sólo reinó hasta 1504, año en que murió, y Fernando lo hizo hasta 1516, -también hasta su muerte-, como monarca de Aragón. Había dejado de serlo de Castilla desde la muerte de su esposa, aunque continuó como regente de la nueva reina, su hija Juana I.     Pero la conquista duró más de tres siglos, durante los cuales desfilaron por las cortes españolas variopintos tipos de reinado, disputas con vacantes del trono incluidas, revoluciones sociales, rebelio-nes militares y ocupaciones ídem extranjeras, usurpaciones, declaración de la primera república, etc, a pesar de lo cual, el carácter y los métodos de conquista en tierras de América seguían inamovibles.     De momento, los últimos vestigios de la civilización indígena cubana, habían sobrevivido al menos a estos reyes.  
    Entonces, claro. ¿ Qué importaba si los Reyes Católicos estaban o no todavía en poder de la corona, fueran estos u otros los que gobernaran, y se ocuparan, -unos más, otros menos-, de sus deberes monárquicos para con las recién descubiertas tierras, o mandasen tener más o menos compasión para con sus infelices habitantes, si de sacarle el máximo de zumo a la naranja se trataba y, de paso, "exprimir" un tanto a los infortunados inditos que, en definitiva, nadie los mandó a estar ahí, ni a ponerse tan malitos cuando se les hacía trabajar?.       
    Por otra parte, esos tíos no aparecían en ningún censo, ni estaban registrados en sitio alguno, así que si se cargaban a al- gunos,  ¿ quién lo iba a notar ?.   


    Al principio, los colonos se mostraron un tanto respetuosos con los indios, sobre todo porque Colón no les permitió abusar de ellos, e intentaba llegar a algún acuerdo de convivencia con los indígenas. Pronto algunos de los más inescrupulosos jefes militares españoles, lograron encontrar un pretexto para deshacerse del marino genovés y devolverlo de regreso a España, incluso en calidad de prisionero y encadenado. Todavía regresaría Colón una vez más, -su cuarto viaje-, pero ya para entonces la autoridad del almirante ante los demás colonos era prácticamente nula, y en este viaje quedó olvidado y abandonado al encayar sus naves y perder casi la vida, en el 1503, en las costas de Jamaica. En 1504, volvería definitivamente a España, donde moriría dos años más tarde, pobre, ignorado y casi arrepentido de haber descubierto aquel trozo de mundo para ponerlo en las manos que al final se lo quedaran. 
    Otros, como el fraile franciscano Fray Bartolomé de Las Casas, se opusieron a los abusos contra los indígenas, pero sus esfuerzos también fueron en vano.
    Lo cierto es que los españoles no habían hecho tanto caso a Cuba como a La Española, en dónde había más oro, pero ya hacia 1510-1511 se vuelcan más intensamente en su conquista definitiva, e intentan descubrir y extraer más oro y fundar asentamientos desde dónde irse apoderando de la isla, "¡para explotarte mejooor...!", como diría el lobo disfrazado de abuela a Caperucita Roja en la memorable escena final del cuento.             
    Los indios que, al final de todo cayeron en cuenta. No eran tan tontos como se los imaginaban sus conquistadores. Los que no habían sido aún esclavizados, comenzaron a tirar y a esconder todo el oro que pudieron, y se rebelaron al sometimiento.
    Un cacique taíno de origen quisqueyano, (como si  aquellos inditos anduvieran como "Pedro por su casa", navegando con sus canoas entre las islas caribeñas. ¡ Joder..!, ¡ lo difícil que nos resulta hoy día...!), llamado Hatuey, fue el cabecilla de la rebelión, a la que se unió el cacique Guamá y otros. Fueron reducidos en un período relativamente
corto, y Hatuey, Guamá y otros jefes capturados, expiaban la osadía de sus rebeldías en el fuego de la hoguera. 
     Para que sirviese de escarmiento, y a la vez de "enseñanza" al resto de sus congéneres, justo antes de prender fuego a las piras sobre las que los ataron para quemarles vivos, -pero muy en serio, no fue un amago ni mucho menos-, les acercaron una cruz y un monje franciscano les propuso el bautizo y convertirlos al catolicismo. "Purificar" sus almas les proponían , justo antes de prenderles fuego. Les daban así la opción de entrar al "cielo" de primera mano y bien "calentitos", a lo que Hatuey respondió que si había españoles en el cielo, para ahí él no querría ir. Esto ocurriría hacia 1512.
    Nacía así, la leyenda del primer rebelde "cubano", el cacique Hatuey, que era en realidad oriundo de la isla de La Española, posteriormente bautizada como Santo Domingo, correspondiente más tarde a las actuales República Dominicana y Haití, muy parecido al nombre que le daban los indígenas en su lengua "arawak", ( Ayti o Hayti ).
    Resulta curioso percibir que casi todo regresa, -por no sé qué misteriosa regla-, a sus orígenes; como los asesinos de las novelas policíacas de nuestra adolescencia, que volvían siempre al lugar del crimen, cuando no fuera el consabido mayordomo, en cuyo caso permanecía en la escena hasta ser descubierto.
    Está claro que no paso por alto algunas imprecisiones y tal vez hasta contradicciones en este intento por resumir la breve historia de los que debieron ser, -pero no lo fueron-, nuestros antepasados, pero los recuerdos de la época en que me lo intentaron enseñar y las fuentes que he podido consultar tienen las mismas contradicciones e imprecisiones que, involuntariamente haya yo podido transmitir. Pero me temo que la historia de mi país, como lo es en general la historia, no estarán jamás exentas de ellas.
    Lo que sí no es una contradicción es que aquellos colonos llenos de ambiciones acudieran a la violencia y a la barbarie para lograr sus objetivos, porque sí es un hecho bien preciso que por sobre las contradictorias historias de sus antepasados y orígenes gravitaban no cientos, sino miles de años de violencia, sangre, exterminio, guerras y atrocidades de toda índole, de las cuales habrían sido sus ancestros más lejanos, cercanos y quizá, hasta ellos mismos-, unas veces víctimas, otras victimarios, -o ambas a la vez, las más-, pero nunca entes indiferentes ni imprecisos: 


    ¡ Pedónalos a los pobres, Dios mío !. Es que venían "desde" y "en nombre" de una "civilización" en la que la guerra, la muerte, el exterminio y el someti-miento, constituían "el pan nuestro de cada día", como método infalible para conseguir sus más "nobles" y ambiciosos empeños; y unas veces habrían "dado" y otras recibido también lo suyo. 
    ¡ Y mucho cuidado con contradecirme porque, precisamente, estos sí son MIS antepasados...!.

Mil años hace que el sol pasa 
reconociendo en cada casa 
el hijo que acaba de nacer, 
que el monte dibuja perfiles 
suaves, de pecho de mujer, 
que las flores nacen discretas 
y las bestias y la luz también. 
Mil años para nuestro bien. 
En cada valle una gente 
y cada cala esconde 
vientos diferentes.  

Mil años, que el hombre y la guerra 
dieron lengua y nombre a la tierra 
y al pueblo que rindió a sus pies, 
la plata del olivo griego, 
la llama persa del ciprés. 
Y el musulmán lo perdió todo, 
la casa, el sueño y la heredad 
en nombre de la cristiandad. 

Íberos y romanos, 
fenicios y godos, 
moros y cristianos. 

En paz descansen esplendores 
de amor cortés y trovadores. 
Dueños del camino del mar, 
no había pez que se atreviese 
a transitarlo sin llevar 
las cuatro barras en el lomo. 

Descansa en paz, ancestral grey 
vendida por tu propio rey. 
De mártires y traidores 
enlutaron tus campos 
los inquisidores. 

Mil años hace que el sol pasa 
pariendo esa curiosa raza 
que con su llanto hace un panal. 
Y de su sangre y su derrota, 
día de fiesta nacional. 
Que con la fe del peregrino 
jamás dejó de caminar, 
de trabajar y de pensar. 

Empecinado, 

busca lo sublime 
en lo cotidiano.  

Mil años hace y unas horas 

que con manos trabajadoras 
se amasa un pueblo de aluvión. 
Con sangre murciana y de Almería 
se edificó una exposición. 
Ferroviarios, labradores, 
dulces criadas de Aragón, 
caricias de este corazón. 
Y lágrimas oscuras 
de los andaluces. 
Y la dictadura...  

Patria pequeña y fronteriza, 
mil leches hay en tus cenizas, 
pero un soplo de libertad 
revuelve el monte, el campesino, 
el marinero y la ciudad. 
Que la ignorancia no te niegue, 
que no trafique el mercader 
con lo que un pueblo quiere ser.  

Lo están GRITANDO 
siempre que pueden, 
lo andan pintando  
por las paredes...



    Se quedaría corto Joan Manuel Serrat en este maravilloso texto de su canción "Por las paredes", porque en realidad el europeo o, mejor, el euroasiático: 

       No llevaba mil, sino miles de años haciéndose la guerra unos a los otros, tratando de imponer su lengua y su cultura a los que podía despojar de sus riquezas y sus casas y sus sitios de asentamiento en beneficio propio, poseyendo a sus mujeres ( no para mezclar la raza del pueblo vencido con la suya, -que también-, sino para saciar otro de los apetitos humanos que casi con exclusiva selectividad tienen "derecho" a saciar los vencedores); y sometiéndolos hasta hacerlos desaparecer o hasta que pudiesen, -con un poco de suerte o quizá la ayuda de otros más fuertes-, desquitarse y hacer con sus captores lo mismo que habían hecho con ellos, -¡o peor!-, perpetuándose hasta la saciedad la historia del "toma y daca".
    Y eso sigue, porque la versión moderna de la conquista es la política internacional, -y la nacional, y hasta la democracia en muchísimos casos-, como las de la esclavitud y el sometimiento lo son el trabajo asalariado y las estructuras sociales que nos obligan a hacer lo que sea para tener un poco de éxito en esta tenebrosa selva que sigue siendo el ordenamiento social y económico modernos-, amén de las guerras, que siguen siendo lo mismo, con medios más sofisticados y que superan en no pocos casos la crueldad y la implacable brutalidad de aquellos precursores; y con unas cuantas "leyes", "reglas" o "normas" para camuflar lo que permanece casi inamovible, o sea, que las reglas del juego son, precisamente, que no hay reglas.
    Y, ¡ bueno...!. Con toda esta verborrea "verbigrácica", -que en mi país llamamos coloquialmente "diarrea cerebral"-, no he tratado otra cosa que hacer que os deis cuenta de que siento mucha pena por NO ser el indio que decía Sarah Bernhardt que somos los cubanos, -con o sin frac, da igual-, y que un tanto avergonzado sí me siento de MIS VERDADEROS ANTEPASADOS.  
    No de mi abuelita Herminia, ni de sus padres, ni de todos aquellos españoles y europeos que durante todos estos años que vinieron después siguieron emigrando a América en busca de un futuro incierto, pero distinto y tal vez mejor; y empujados por las consecuencias de esa incorregible manía por las guerras y el sometimiento que heredaron sus gobernantes de sus "ilustres" y "heróicos" antepasados.   
    
    Un paisano mío, -colega, por demás--, logró colgar la bata y el fonendoscopio desde que se graduó casi, y anduvo por el mundo cantando sus melodías y tonadas "salseras", acompañado de un excelente grupo de jóvenes músicos cubanos y apoyado por el favor de las discográficas, los medios difusivos, y el público de un montón de países por donde paseó con éxito sus pegadizas y bailonas tonadas. Se dió a conocer como "Manolín, el Médico de La Salsa".          
     Terminó radicándose en Miami, desde donde aún anda intentando recobrar la "pegada" de sus iniciales andaduras, aunque me temo que no lo ha logrado, absorbido por los mecanismos sutiles del veleidoso mercado de la música popular actual.
    A golpe de bajo, "güiro", tumba --y otros "cacharros" de la percusión afrocubana--; así como de ese inconfundible "tumba'o" que le saben dar como nadie los músicos de mi islita caribeña al piano y a los instrumentos de viento y cuerda; ("tumba'o" que conocemos como "bomba"), repetía "El médico" una de las tantas tonadillas que el público coreaba febril, hasta el cansancio, y bailando desenfadada y "desaforadamente":
   "... Y esto no es ná; 

    ¡prepárate pa' lo que viene...!"          


viernes, 18 de julio de 2014

AHORA MARCO EL NÚMERO DE DIOS, PERO SALTA EL CONTESTADOR...

lot
lote

   


   Así pues, tener aquel número de combinaciones "inteligentes" listas para ser selladas, y convertirlas de tal forma en muy serias aspirantes a devenir ganadora una de ellas, como también disponer de la cantidad necesaria de dinero para hacerlas valederas sin más dilación, era para mí algo así como tener el número del teléfono móvil de Dios, y disponer de un teléfono con la carga adecuada en su batería, eficiente cobertura y, además, el saldo necesario para efectuar la llamada, por costosa que fuese la tarifa al código o prefijo de región que habría de marcarse, igual si se tratase de un número de tarificación adicional (los que tienen prefijo 806, 803, etc, y antes fueron los sonados 906 ) o de, lo más probable, una llamada de larga distancia, de larguísima, --de más "allá" que larga--, distancia, con tarifa internacional ("intercelestial", creo).

Lo único es que, por muchas carga, cobertura y saldo que tengas, si el número que marcas no es accesible, o si el interlocutor no contesta o no acepta la llamada, éstos no sirven de nada, y puede que, al marcar el teléfono móvil del Altísimo, lo que alcances a escuchar sea la voz de una operadora que te informa: "Vodafone, información gratuita: La divinidad que usted solicita está apagada o fuera de cobertura en este momento. Por favor, inténtelo más tarde."
  Debo reconocer que la frase de la locución del buzón de voz del Todopoderoso, no es mía. La tomé prestada de un espectáculo del humorista cubano radicado en Canarias, Juan José Pérez Garcías, "Juanito Panchín", lo cual no la hace menos divertida ni ocurrente, a más de que todo queda "en casa"..
  En este momento ya habían pasado cuatro meses desde que comencé a apostar mis calculadas combinaciones probabilísticas de lotería. Hoy ya han pasado veinte años y no ha cambiado "nada". "Nada" "salvo" las debacles financieras, los sufrimientos y las penurias familiares y personales que llevo padeciendo desde entonces, desde que solo puse un pie en este "nuevo, soñado y codiciado mundo", momento a partir del cual yo solo he visto cómo lo hacen los de aquí y los que, como yo, vienen de tierras pobres. 

   Pero entonces me parecían demasiado cuatro meses de ilusiones, de esperanzas, de vivir día a día pensando que, si hasta hoy no te ha tocado nada, eso significa que cada día que pasa estarás más cerca de lograrlo, porque el hecho de que no haya resultado ganadora ninguna de tus combinaciones hasta hoy, aumenta más aún la probabilidad de que, hoy mismo, se va a dar el milagro. Ya verás --me digo-- ya verán los incrédulos que se burlan al verme garabateando folios con hileras interminables de numerillos misteriosos, los que se miran con suspicacia en el puesto de loterías, al ver la gran cantidad de boletos que sello cada día, las sumas de dinero que pago sin chistar, las irrisorias cifras que de ganancias arroja el largo e interminable escrutinio de los boletos apostados ayer... 

   Y es que, lo que ha pasado, es que han salido precisamente aquéllas combinaciones que yo, por considerarlas menos probables, había descartado en mis primeros cálculos pero que, afortunadamente, había reconsiderado en los posteriores. Sólo que no salieron precisamente los números que yo había elegido combinar en éstas y, cuando sí salían, lo hacían combinados con otros distintos de los que yo habría sospechado con más opciones de aparecer. Pero esto no quiere decir otra cosa, de seguro, que la próxima vez que aparezcan éstas combinaciones "raras", sí será una de las que yo he previsto...¡ Seguro!, ¡ya verás...! 

   Eso sin contar que, si sale una de las más "lógicas" de las previstas, no puede ser otra que una de las mías porque, ¿qué va a salir ahora, eh?. ¿Por dónde me van a "tirar"?. ¿Cómo lo irían a disparar y esquivar mis combinaciones, si ya no puede haber muchas otras variantes por aparecer? ¿Me van a sacar el cero, o el cincuenta?. No pueden hacerlo, no pueden. No puede ser, no. Claro que no... 

   Y siguieron pasando meses y años desde que comencé a entregarle a esta maquinaria siniestra de ansias y debacles el producto de mi esfuerzo de horas de guardias nocturnas, de visitas a enfermos en sus hoteles, de asistencias urgentes a accidentes de tráfico, a trabajadores siniestrados en las obras de la construcción, infartados y afectos de cuadros respiratorios de extrema urgencia, intoxicaciones agudas por alcohol y otras muchas disímiles sustancias, heridas, sangramientos, suturas, fracturas, con escayolas y vendajes, reducciones de luxaciones articulares, sueros, pinchazos, inyecciones... Y horas; horas y más horas de esperar pacientemente el momento de ver el sorteo o de solicitarlo por el móvil, o de acceder a él a través del teletexto, tomar el bulto cada vez mayor de boletos apostados, y revisar una a una todas las apuestas, a la caza desesperada de la afortunada línea de seis numerillos que me puede cambiar la vida para siempre. 

  Sufrir, a continuación, una brutal derrota. La más cruel de las frustraciones, día a día. Es morir todos los días pero, si antes resucitabas de inmediato; si antes acababas de comprobar que no hay nada importante de aciertos en tus apuestas --y que lo que sí hay es mucho dinero perdido--, pero ya estabas de inmediato convencido de que en el sorteo siguiente sí iba a llegar lo que esperas, ahora comienzas a temer, cada vez más, que nunca vas a encontrar entre tus apuestas la ansiada hilera de numerillos afortunados. Y lo que es peor; no sólo es que no ganes premio alguno, es que siempre lo pierdes casi todo... 

   Pero ya no tienes opción: Has escogido esto, y no piensas abandonar sin haber hecho todo lo posible por conquistar tu sueño. Ahora comienzas a asumirlo como un reto, como una guerra a muerte en la que no piensas darles el gusto de verte claudicar... ¡únicamente muerto...! 

  ¡Me cago en...!. ¡No puede ser!. No es cierto, esto no puede estar pasando. Yo debo estar tan confundido ya, que de seguro tengo algún premio y no alcanzo a verlo. Ya veremos cuando los revise todos en la máquina... 

  ¡Me vuelvo a ca...!. ¡Joder!, ni uno de cuatro, con la falta que me hacía para repetir hoy... No me queda otra: le pediré un adelanto al jefe y, el alquiler, lo pagaré con el premio... 

   Pero, ¡claro!, ¿cómo no me di cuenta antes...?. ¡La máquina...!. Está clarísimo: La máquina me conoce, y de seguro detecta las apuestas que pongo a diario, y las bloquea para que no salgan...  ¡Ahora puedo verlo todo!. De seguro que la lotera tiene un botoncito que oprime para avisar de que el que pone todas éstas combinaciones no es otro que un extranjero que quiere venir aquí a quitarles el premio a los españoles así, por la cara... 

  Tomo mis precauciones:  Vuelvo a copiar todas las combinaciones en nuevos boletos, las pongo en otro orden --ideando, de paso, otras muchas nuevas formaciones--, y pongo manos a la obra: No sellaré más de una apuesta en un mismo local, aunque para ello tenga que andar ciudad y media. 

   ¡Es más!, en cuanto me toque alguna cifra considerable y me recupere, cojo el último vuelo nocturno a Madrid, y allí recorro todos los puestos de loterías que pueda, sellando una en cada uno de ellos. Luego, seguiré en el corredor aéreo a Barcelona donde haré lo mismo y, si me alcanza el día, sello las últimas en Sevilla o Cádiz, ya veremos... 

   Nunca fui a Madrid o a Barcelona, Sevilla, ni Cádiz. Ni a sellar apuestas ni a ninguna otra cosa. Lo que sí he recorrido son todos los puestos de lotería de mi ciudad, los más conocidos y los más insospechados, que los voy descubriendo a medida que recorro la provincia. En la mayoría de ellos, ya soy conocido y hasta popular. Me reconocen como el doctor cubano que iba a la televisión autonómica o a otra cadena local a contar chistes, y ríen con mis chistes... 

   He abordado taxis, autobuses, trenes, barcos, etc, para terminar de sellar mis apuestas en otras poblaciones cercanas. Ahora me estoy gastando, además de el costo de las apuestas, una suma de dinero nada despreciable en medios de transporte, para "engañar" a la máquina asesina... ¡ Ahora sí...!. ¡ Ahora sí que estoy más cerca que nunca...! 

   Como que los sorteos de numerillos en combinación de a seis resultan tan fríos e impredecibles y, de seguro, mis apuestas están ya "contaminadas", he decidido cambiarme a La Quiniela. La liga de fútbol acaba de comenzar, y ésto va a ser mucho más fácil. Lo que necesito es un poco de información futbolística, y esto ya está "chupao". 

   Me he apertrechado de todo el material necesario: Revistas especializadas en fútbol, estadísticas de La Quiniela, sistemas "inteligentes" de apuestas deportivas, información de última hora de los partidos que se celebrarán en ésta jornada: Dónde jugarán, qué características tiene la afición en ése estadio, quién será el árbitro, cómo le gusta el yogur a Raúl, y de qué color son las heces que depuso esta mañana Kluivert, entre otros muchos y valiosísimos detalles. 

   Un año más, un promedio de doscientos a cuatrocientos euros perdidos semanalmente en las apuestas deportivas, y la sospecha de que los equipos se han puesto de acuerdo para que mis pronósticos no se cumplan nunca, van siendo los frutos tempranos que comienza a dar esta nueva aventura. 

   El Real Madrid ha perdido con La Unión Deportiva Las Palmas sólo para joderme la Quiniela... Aunque, mirándolo bien, si hubiese ganado el Madrid tampoco tendría ningún premio importante... No lo sé, no lo tengo muy claro, pero creo que regreso a los números... Trataré de hacer combinaciones más "inteligentes" y, a estas alturas, ya la máquina debe de haberse olvidado de mí... 

   No sé cómo he podido sobrevivir para llegar hasta aquí y entrar como si tal cosa a éste puesto de loterías "sub-clínico", el que se encuentra en los bajos de la clínica en donde trabajo. 

   Ya casi termino de remodelar y "racionalizar" mis apuestas de hoy, que tampoco sé ya qué método estoy aplicándoles exactamente. Mucho menos sé con certeza de dónde he sacado el dinero para sellarlas. Creo que, además de lo que he podido recuperar de mis apuestas de ayer --entre los aciertos de tres y los reintegros (de ahí no pasan mis "victorias")--, he podido completar la cifra con unas propinillas de unos pacientes, además de que pude sacar del cajero los últimos veinte euros que quedaban en la cuenta de mi tarjeta de crédito. Sí, de seguro ha sido eso, porque hoy no ha sido uno de esos días en que le pido al lotero que me permita sellar las apuestas y anote la cifra de la deuda para rembolsárselo el día que cobre mi salario. 

   Tampoco ha sido hoy uno de los tantos días en que le pido un adelanto a la jefa que, por otra parte, ya los adivina y me ve venir desde mucho antes de comenzar a hablarle, y últimamente le sobra tiempo para escapar... 

   Por fin he sellado el "paquete" de esperanza y, haciendo gala de una singular habilidad adquirida en estas lides, logro escapar del jocoso establecimiento. Llego a la parada del autobús esperanzado en lo bien que la voy a pasar en casa, viendo por fin como es una de mis socorridas combinaciones la que resultará ganadora, sin duda, esta noche, No menos esperanzado estoy en que el dinero que he podido salvar del entusiasmo deductivo de las apuestas, me dé para pagar el pasaje de vuelta a casa.

   En lo que sí no estoy del todo esperanzado es en que vaya a conseguir la suma que necesitaré para volver pasado mañana a mi próximo turno de trabajo, en el supuesto "remoto" de que no se dé hoy, en definitiva, la expectativa tan largamente acariciada. El autobús ha llegado antes de la hora prevista y, como que hoy es sábado --día en que hay muchos más pasajeros que de costumbre--, el chófer se dispone a emprender de inmediato el trayecto de regreso, ya que el empleado le ha dicho que vendrá otro coche para realizar el viaje previsto en el itinerario. Yo, echando mano a unas monedillas insospechadas que he hallado en el bolso, completo la suma del costo del pasaje, y ya estoy instalado en uno de los últimos asientos. 

   Repasando los boletos de las apuestas que he sellado, comprobando lo bien equilibradas que están mis combinaciones, y soñando despierto con las satisfacciones que, por fin, vamos a darles a nuestras vidas a partir de mañana, me he quedado dormido pero si he soñado alguna otra cosa, no me entero. 

   He llegado a la ciudad mucho antes de lo previsto y, como que me va a sobrar el tiempo para estar en casa a la hora del sorteo, decido llegar caminando ( ya no puedo acceder a ningún otro medio de transporte, por razones obvias ) hasta el centro médico en donde trabaja un amigo, colega y paisano que, según mis cálculos, estará de seguro en su turno de guardia allí hoy. He decidido ir a verle, a pesar del cansancio que tira de mis kilogramos hacia el suelo, con la premeditada intención de pedirle algún dinero prestado, toda vez que, en caso de necesitarlo para pasado mañana, ya no tendré que volver a salir de casa por todo el fin de semana. 

   Así es que me voy caminando en pos de mi amigo ( son sólo tres kilómetros los que me separan de aquél centro médico) que supongo que estará hoy allí. Es una suposición que no puedo darme el lujo de verificar antes de lanzarme a la caminata, porque mi teléfono móvil no tiene ahora mismo la posibilidad de hacer llamadas, y sería demasiado afortunado que mi amigo me llamase precisamente ahora, si tenemos en cuenta que hace como tres meses que no sé nada de él, viviendo, como vive, cerca de mi casa. 

   Es evidente: mis colegas ya no me soportan. Huyen de mí, a pesar que me tratan con cariño, ríen mis chistes y mis ocurrencias y se la pasan bien conmigo en los cada vez más raros momentos que pasamos juntos. 

   "Es una lástima --pensarán-- tan buena persona que es, pero está jodido. Tiene problemas con el juego. ¡Se lo juega todo, el cabrón!. Bueno, allá él con su condena. Ya le he advertido, así que..."

   "A mí lo que me da es que no le gusta currar al jodío". --diría otro-- "Lo que quiere es estar en el 'artistaje', y eso..".  Y, a continuación, un montón de teorías de lo que debería --por ser lo mejor, según mis colegas-- yo hacer para lograr algún éxito en mis pretensiones artísticas, teorías que no son, ni remotamente, producto de mi imaginación paranoica, que sí, lo reconozco, la tengo pero que, en este caso, me las han expuesto a mí mismo. 

   Me han expuesto, en efecto, mis colegas éstas opiniones, conocido el hecho de que soy una persona abierta y accesible, que siempre tengo oídos para cualquier sugerencia que se me haga, y hasta si se trata de una crítica, conservando en la mayoría de los casos, mi mejor sonrisa para el crítico. 

   Pero claro, una persona que se valora tanto --como mis colegas médicos-- no soporta del todo bien el haber invertido parte de su cotizado tiempo en orientarte, para luego ver como sigues haciendo lo que te da la gana, sin hacer caso a lo que se te ha advertido con tanta y tan cara sabiduría. Presumo, entonces, que mis colegas ignoran que hay cosas contra las que el ser humano no puede hacer nada, si no es que se le ayuda. Mucho menos sospecharían mis colegas, de ser acertadas mis presunciones, que hay "cosas" y "cosas", en dependencia de qué ser humano se trate, por lo que --a más de que hay también "seres humanos" y "seres humanos"-- habrá "cosas" para las que un "ser humano" estaría en mejores o peores condiciones de enfrentar, dependiendo de qué "cosa" y de qué "ser humano" se trate, en cada caso. 

   Tampoco creo que estén mis colegas --al menos, no éstos que me ha tocado tener-- muy al tanto de que, lo más probable sea, que haya "cosas" para cuya solución no basta con que alguien, por muy "sabiondo" que sea, te las diga, que simplemente las mencione; así como tampoco bastaría con que te dedicasen una sentida, generosa y preciada enumeración de lo que tú, por ser ya "bastante adulto e inteligente" debías saber, así como, por lo mismo, debías también saber que es "lo que debes hacer". 

   Me temo, además, que estos colegas no alcanzaren a ver que el asunto no radica en que el afecto no sepa lo que está bien o mal en su comportamiento, por una tendencia casi invariable que observo en ellos a quererme contar y arengar con lo más obvio, como si de los más brillantes descubrimientos se tratase. El afectado sí lo sabe, lo sabe muy bien, al menos en este caso. Sólo que, lo que en él falla, son las maneras o los recursos --sobre todo, los afectivos-- para enfrentarlo. Porque es que no basta con que lo sepas, que sí, que es el primer paso para enfrentar algo. Pero no hacer lo que no debes y hacer lo que debes, no siempre "sale" a la primera, -ni a "la ninguna"-, solo porque sepas y comprendas qué es lo que te pasa, qué es lo que está mal en tu vida.  

   Por cierto, uno de los consejos que me ha dado un amigo-colega es ingeniosísimo: Que espere a tener edad de jubilación (unos sesentaicinco años, con buena suerte), haciendo la mayor cantidad posible de horas de trabajo en los futuros años que me separan de ese trascendental suceso. Una vez que llegue ese momento, y sólo entonces, podré dedicarme a lo que quiera, teniendo para ello "todo el tiempo del mundo" a mi favor, alcanzado al fin el anhelado estatus. 

   Y a mí, lo reconozco, me parece una magnífica idea, comparada con la que he puesto yo en práctica. Sólo que mi amigo no ha tenido en cuenta que, en su maravilloso plan, él no ha considerado que tendré que seguir haciendo por muchos más años lo que para él constituye su mayor realización y aspiración, lo que le hace a él ser un hombre feliz y realizado, que lo hace, incluso, sentirse aburrido y subutilizado cuando no está ejerciendo su labor médica, no teniendo --al menos, a la vista-- ninguna otra actividad enriquecedora o creativa que dejar aparcada en lo que hace ésta (y si la tiene, no lo ha dicho nunca..), que es la que él, a diferencia de mí, sí quiere hacer. Mi amigo ha querido, acaso sin darse cuenta, trasladar a mi persona lo que él haría de estar mi situación y lo que, sin ninguna duda, sería un placer para él. 

   No ha tenido en cuenta el bueno de mi amigo que, precisamente, lo que sucede es que a él jamás le pasaría lo que a mí, a menos que ( Dios no lo permita, ni para él ni para nadie...) le arrebatasen la posibilidad de ejercer lo que, evidentemente, es su vida... Pero no la mía, desgraciadamente. 

   Resulta un poco tonto, a mi modo de ver, pensar así, pero hay indicios que me hacen inferir que mis colegas no aceptan la idea de que a alguien le sea difícil trabajar en lo que a ellos les gusta, en lo que tanto y tantos soñaron y sueñan en convertirse, y no muchos lo logran. Es mucho más difícil de entender para ellos que haya otra labor a considerar como importante, además del ejercicio de la medicina, siendo cualquier otra actividad, en comparación con ésta, secundaria y trivial. Es por ello que no alcanzan a comprender que, para otro médico, cualquier dedicación distinta de la profesión médica, tenga mayor importancia que un "hobby" y, por lo mismo, mis colegas consideran "gandulismo", fanfarronería, malicia o simple pretexto para no trabajar, el deseo o la necesidad --inexistente, según ellos--, de cultivar una labor que, para ellos, es pura diversión, y poco seria, además. 

    Tampoco sé por qué se da, además, una curiosa situación en la que los problemas ajenos nos parecen de lo más sencillos de enfrentar y hasta de vencer. Mucho menos sé por qué un profesional, que se supone que debería ser un conocedor profundo del ser humano (por ser éste precisamente el objeto y destinatario de su profesión), puede confundir la manera de enfrentar los designios de la vida de sus congéneres con su manera propia y personal de hacerlo y, --de seguro que es por la gran cantidad de trabajo y de horas de ocupación estresante que tenemos-- intentar que el sujeto en cuestión nade en las aguas que para el profesional son deliciosas, mismas aguas en las que el aconsejado pudiera llegar a ahogarse, si no se le tiende al menos un salvavidas, ... 

   Me da mucha tristeza, entonces, la sola sospecha de que, pudiera ser que los médicos conocemos con mayor o menor profundidad las funciones de los órganos y sistemas humanos, las sustancias químicas que funcionan aquí o allá en ese complejo aparato, las estructuras anatómicas que nos conforman, las maneras de corregir los fallos más o menos frecuentes que pueden afectar a esa compleja maquinaria... Pero, lo que es en sí un ser humano; de la esencia de ese bicho ancestralmente disímil y complejo, no tenemos ni la menor "pajonerísima" idea. 

    Me da muchísima tristeza, -también durante la caminata que, por su extensión, me está dando la posibilidad de ponerme a meditar-, cuando comienza a apoderarse de mí la sombra de la sospecha de que pudiese darse también el caso de que a muchos de mis colegas, (no permita Dios que se trate de la mayoría de ellos), no les importe esto más que un bledo, porque lo que acaso tenga real importancia para ellos son los ingresos dinerarios tan atractivos que podemos obtener con nuestra profesión y el estatus social que ante sus congéneres adquieren, habiéndoles dado la providencia la posibilidad de aparecer ante sus iguales como un ser superior casi --muy importante, al menos--, y la satisfacción de lucirse como tal ante los otros. 

    No puedo más, y decido ponerme a cantar una canción, cuando me sorprendo amasando la malintencionada idea de que, quienes me aconsejan que no abandone mi carrera, quienes me tildan abiertamente de tonto por no saber aprovechar esta magnífica oportunidad que la vida ha puesto en mis manos, lo que me quieren decir es que trate de sacarle a la naranja la mayor cantidad de zumo posible, sin detenerme a pensar si lo hago bien o mal, sin preocuparme por el insignificante hecho de que esté o no siendo honesto, cuando intente entregarme en cuerpo y alma a mi profesión médica, más insignificante aún si lo comparamos con las prebendas, privilegios y sumas que puedo llegar a alcanzar en ello y que yo, tonto de mí, estoy desdeñando, por correr detrás de un sueño de seguro idealizado e inalcanzable... 

   Por suerte, cuando comienzo a amasar estas maliciosas reflexiones, ya he llegado a mi destino y me puedo distraer y sustraer de tan tristes y malsanos pensamientos. Aunque, ya casi llegando, se me ha ocurrido la idea de que esto pudiera estar sucediendo --en el supuesto caso de que así sea, claro está--, entre otras cosas porque, dadas la responsabilidades y todos las demás obligaciones a que se ve sometido un médico en cada uno de sus turnos de trabajo --qué digo yo turno. ¡ En cada minuto...!-- no somos ni medianamente recompensados con lo que se nos paga, aunque parezca mucho si lo comparamos con las medias salariales de por estas latitudes. 

    Todavía alcanzo a reflexionar, en el último momento --ya casi dándome de narices con la recepcionista del centro médico donde trabaja mi amigo--, que es brutal la cantidad de pacientes, su complejidad, el número de horas a que se ve obligado un médico a extender sus jornadas, y lo poco que le podemos dedicar a cada uno de los casos que, "de carrerilla" casi, nos vemos obligados a atender. Ya casi dándole las buenas tardes a la chica, estoy concluyendo que un médico, por el tipo de labor que realiza, debería ser uno de los profesionales que menos dificultades de ningún tipo tuviese --tanto en su trabajo como en su vida privada--, y que más comodidades y condiciones favorables para ejercer su noble labor pudiese llegar a alcanzar con menor esfuerzo, porque el exceso de esfuerzo, de rapidez con que se vea obligado a realizar su labor, o la carencia de condiciones confortables en su trabajo --y hasta en su vida personal--, conspiran contra la paz y el sosiego de que debieran disfrutar las almas de los que se encargan de reparar, mejorar y hasta rescatar las vidas de los otros. 

    Cuando Maggy ha contestado a mis buenas tardes junto con la buena noticia de que mi caminata no ha sido en vano porque, en efecto, mi amigo está trabajando ahora mismo aquí, he debido sentarme en el sillón de la sala de espera amplia y lujosa de este centro médico, desde donde estoy observando lo "liado" que está saliendo el turno de guardia de mi amigo. 

    Él está ahora mismo suturando a un paciente con una herida en la cabeza. Hay otro paciente en camilla, con suero y aerosol, y hay dos pacientes más (un niño de unos seis años, traído por sus padres, además de una señora evidentemente bronquítica), que esperan para ser vistos por mi amigo, el único y solitario doctor que atenderá las urgencias hasta mañana en este centro. Y tengamos en cuenta que, aunque un poco atareado, el turno de guardia de este doctor no está siendo ni remotamente todo lo complicado y fuerte que podría llegar a ponerse, incluso en este mismo centro, en donde he cubierto yo algún que otro turno de guardia, o en el centro en que trabajo actualmente y, mucho peor aún, en la urgencia de un centro de salud, en donde he cumplido no pocas guardias yo, y ya, en la urgencia de un hospital, ni te cuento. 

    Mientras lo veo hacer a mi amigo, estoy constatando lo que ya hace mucho sospechaba yo, pero que, siendo otro el que se "jode", se ve mejor que cuando eres tú mismo el que "curra como un cabrón". El que está fuera ve mucho más que el que está dentro y yo, ahora desde fuera, me he puesto a observar cómo una guardia médica o cualquier otro turno asistencial de un profesional de la salud, es algo que no podría, en ningún caso, hacerse a medias, ni con unas entrega y dedicación a mitad de máquina. Ni se puede, ni siquiera en alguno de los tantos minutos que dura el turno, permitir el doctor la más leve flaqueza, ni debilidad, ni queja de cansancio alguno. 

    Un turno de guardia es algo que se hace o no se hace, pero que, si se hace, siempre será a tope por casi todo el tiempo que debe durar. No sé yo si existirá algún colega que ya haya inventado la manera de hacer una guardia médica a medias, que haya descubierto un método por el cual logre distanciarse tanto en su labor, que haga como que ve a los pacientes cuando en realidad no los ve, que ostente el hallazgo de un punto de referencia del cual asirse para escaparse de la guardia, fugarse por la ventana o por el techo. O simplemente, una ingeniosa vía de escape, por virtud de la cual, el talentoso doctor sale por la puerta con toda su calma. Nadie lo ha visto salir y, en cambio, todos siguen viendo su imagen en su puesto de trabajo, palpando barrigas, auscultando torsos, buscando no se sabe bien qué en expuestas campanillas. Mientras, su verdadero y auténtico "yo" ha traspasado el umbral de la puerta en el sentido de la salida, alejándose parsimoniosamente con su paso normal, saludando y despidiéndose de todos --aunque sin ser visto por nadie--, para ir a refugiarse en insospechada y acogedora estancia a dónde no llegan las voces de los pacientes contando sus dolencias, exigiendo remedio inmediato para sus dolores; ni las de sus familiares clamando por ayuda para su ser querido que 

"¡pronto doctor, que se nos va!. ¡ Si no hace algo ahora, lo perderemos sin remedio...!". O los avisos de las enfermeras, las recepcionistas, los señores de las ambulancias que, "¡doctor, no tarde, mire que es una emergencia y ya hace dos minutos que han llamado.!", o que, "mire doctor, ahora que no hay pacientes a ver si me ve una cosilla que me ha salido a mi aquí en un güevo..." 

    No sé yo, repito, si ya ésto lo habrá inventado alguien pero, en el caso del que les habla, lo he intentado miles de veces, y lo único que he encontrado es el convencimiento de que no se puede, confirmado en demasía por otros miles de colegas que, buscándolo con idéntico ahínco, han arribado a las mismas conclusiones. Así que, si existe ese doctor con tales facultades, que patente su invento cuanto antes. Ya no tendrá que volver a aplicarlo nunca más, estoy seguro... 

    Entre tanta y tanta reflexión y meditación baratas, no me he podido resistir a la tentación y, casi sin pensarlo y por inercia, me he puesto a echarle una mano a mi amigo. Se nota que lo agradece pero, contento de verme --lo que se dice en realidad, "contento", "happy"-- no creo yo que lo esté mucho. En cualquier caso, nos hemos sonreído, nos hemos estrechado y también echado esa mano que, gracias a ello, pronto estamos tomando un café juntos y conversando de lo más animados, aunque no todo lo animada que debiera ponerse la conversación como para permitirme llegar al tema del dinero. 

    Mi amigo se muestra receloso, cuidadoso y defensivo. Cada uno de sus gestos, sus palabras --por el tono en que las dice, aunque de algo banal se esté hablando--, la forma en que me mira, y otros detalles aún más sutiles, me están preguntando "qué coño haces tú por aquí; no me digas que vienes a pedirme dinero, el dinero que de seguro te has jugado, para terminar jodiendo a los demás y caer tan bajo como para andar por ahí pidiendo a los amigos..." 

    Me estoy sintiendo muy mal. Preferiría que algo se abriese debajo de mí y me hiciese caer en un túnel que me pusiese directamente en mi casa, para no tener que ponerme de pie, andar y alejarme ante las miradas de todos que, de seguro, también lo saben. Porque, sin duda, Maggy ha caído en cuenta, a juzgar por la forma en que me está mirando ahora. Ella nunca me ha mirado así, siempre había mostrado simpatía hacia mí. Pero ahora, hay algo en el aire que delata lo que está pasando, que me pone en evidencia como "persona non gratta", y que ella ha captado. Ha percibido también, puede que desde que llegué, que mi inesperada e inusual visita se debe a algo que busco, y que no debería estar buscando. Al menos, no ahí.

    De cualquier modo, acepto el reto y decido no mostrar vergüenza por ser yo mismo. Es más, una vez rebasados los primeros minutos de tensión --los más difíciles--, me he dado cuenta de que puedo ser más descarado de lo que yo mismo imaginara. Es a partir de ese momento que decido no comportarme como sospechoso que ha sido descubierto, y pasarlo lo mejor posible burlándome de los prejuicios de éstos, de sus insolidarias y distantes maneras de juzgar, condenar y anular a un conocido, sólo porque no es como ellos y le va mal.

   Tardo todo lo que se puede tardar y más en tomar un café y, cuando ya mi amigo está celebrando mi inminente retirada, me sirvo otro con el doble de azúcar, el doble de leche y el triple de tiempo que se supone debería llevar uno de éstos en su preparación y consumo. Para colmo de desfachatez, acompaño ese nuevo café con un cigarrillo. 

   Yo sé que está permitido fumar aquí, (lo estaba en aquel momento antes de la ley Antitabaco, en el "Estar médico"), pero también sé que a éstos, que no fuman, les cae como una patada en la faringe que alguien lo haga cerca de ellos; peor si, como es el caso, se les echa el humo lo más cerca posible sólo por joder y que no me jodan. 

   Parece ser acaso que, mostrarnos atrevidos y temerarios nos dé mejores resultados que ponernos tímidos y culpables. Evidentemente, se respeta más --¡ vaya paradoja !-- la desfachatez que la modestia. 

   Se ha notado el cambio, y mis detractores se han relajado. Yo aprovecho la bajada de la guardia para encajarles unos chistes de lo más atrevidos, verdes y hasta pesados. Ellos fingen no encontrarlos del todo mal y, como ríen la mar de divertidos, ya están del todo relajados. Es entonces que, dueño ya de la situación, lanzo la última estocada. Para empezar, me pongo a hablar a mi amigo dándole la espalda sin piedad a Maggy quien, totalmente deshecha, se ha metido en el "office", puede que para siempre, porque jamás he vuelto a verla. 

   De seguida, sin saber yo mismo cómo, --y mucho menos mi amigo y, menos aún, cómo va a poder librarse--, me sorprendo y lo sorprendo hablando de dinero, como si tal cosa. Le estoy contando una historia de rutinaria letanía, acerca de unos gastos a que me he visto obligado, además de un atraso en el pago de mi empresa por encontrarse nuestra jefa en larguísimo viaje (que no queda bien claro si de placer o de trabajo, ni falta que hace ) por Egipto o Groenlandia, creo. Y que, por lo mismo, no tengo la opción de pedir un adelanto y ya, mira colega, no tendré ni para el pasaje, para ir a trabajar pasado mañana. 

   Con una sonrisa de inequívoco "a mi tú no me engañas", el colega se ha metido la mano en un bolsillo, comentando algo así como que por aquí lo tenía, y se ha sacado un billete de diez euros creo que por equivocación, porque cuando me lo extiende lo ha mirado reprochante, como diciéndole "¿tú no eras el de cinco...?".

   Así que, sabiendo que mi victoria de antes lo fue sólo transitoria, agarro el billete lo más pronto que puedo, (no sea que se lo vuelva a guardar, ya definitivamente), y escapo de allí a la mayor velocidad posible. No recuerdo si me despedí. Sin embargo, sí recuerdo que, al tratar de encontrar la billetera para guardar el dichoso billete, he descubierto un bono del autobús municipal al que le resta sólo un viaje y yo, que no necesito más que uno para librarme de una nueva y más extensa caminata (téngase en cuenta que con diez euros sólo me da para ir a mi trabajo el lunes y regresar el martes, si hay suerte), me he subido al primer autobús que he podido alcanzar que, por suerte, es el que me lleva cerca de casa, como he podido comprobar ya en pleno viaje. 

    ¡Qué ganas de llegar a ¿mi casa?...!. A medida que el autobús me acerca a mi destino, voy haciendo balance: 

   La tarjeta de la cuenta bancaria... no tengo ya tarjeta ni, mucho menos, queda dinero en la cuenta. Decidimos un buen día prescindir de mi tarjeta. Así, controlaría yo mis gastos, al anular la opción de sucumbir a la postrer tentación de sacar más dinero para, justo antes de que cerrasen las máquinas, incrementar las apuestas. 

    La tarjeta de crédito acaba de tocar fondo esta mañana en un cajero al que tuve que hacerle cosquillas en las teclas para que soltase algo. 

   La tarjeta de El Corte Inglés ya ni recuerda que, en un inicio, pasaba. La última vez que intenté usarla para pagar la compra del súper, ni siquiera entró en la ranura de la máquina que, reconociéndola sin duda, se negó a acogerla en sus entrañas. 

    El móvil, ni pensarlo: "Amena, información gratuita. En éstos momentos, su número sólo podrrr...". Lo apago. Ni siquiera tengo la misma empresa de móvil que el Altísimo, así que no me espero que, ni por equivocación, me entren llamadas. 

    Continúo el balance: Mi jefa, aunque valora muchísimo mis servicios y mi labor en la empresa, huye de mí despavorida esquivando el adelanto. Mis compañeros de trabajo, antes de iniciar cualquier conversación siempre me comentan algo acerca de lo difícil que les está resultando llegar a fin de mes. Mis "amigos" y colegas, más que nada los que son paisanos, me detestan. Para ellos soy un apestado, un tipo que tuvo la gran dicha de haber "escapado" de Cuba, y se ha puesto aquí a aspirar a "cosas raras":

    "Pero, ¿ no se da cuenta el hijo de puta que aquí puede vivir como un rey, comer carne cada vez que quiera, tener un buen 'carro' (coche), viajar por Europa...?. Pero, ¿qué quiere el muy 'singao'?, ¿vivir del cuento, cantar, escribir poesía...?. Ese cuento aquí es más largo. Aquí lo que hay es que 'pinchar' (currar). Que no 'pinche' y siga jugando a la lotería y queriendo vivir de la 'cultura' y del cuento, pa' que vea lo que le va a pasar... ¡ A mí, que ni me diga ná...!". 

    ("Que trabaje, que trabaje, que trabaje el cabrón, que trabaje. Que se joda, que se joda, si no. Que se joda él y que se jodan los suyos. Que se quemen, que se quemen, que se quemen en la hoguera, que ardan y que paguen bien caro su osadía de querer ser 'distintos'." 

    "Pero, ¿a quien se le ocurrió traer pa' cá a éste tipo...?. ¡ Que los monten en un avión y los regresen a Cuba, pa' que vuelvan a saber 'lo que es bueno'!." 

     "Que se muera, que se muera, que le echen tierra, que lo tapen". 

"Que se muera, que se muera, que le echen tierra, que lo tapen..." 

decía, refiriéndose al personaje de "Perico Piedra Fina", una tonada que aderezaba a la pieza teatral llamada "Medea en el espejo", del dramaturgo cubano José Triana, pieza que era algo así como una versión "criolla" del clásico de Eurípides, que no tengo muy claro por qué vuelve ahora a mi mente... 

    Y, claro, a medida que se van repitiendo esas frases, una morbosa tendencia del ser humano por presenciar cosas extremas y espectaculares, les va despertando los deseos de ver todo aquello que nombran y...  

    Para muchos de ellos, que a un cubano no le vaya bien en el extranjero es casi una ofensa política, a más de un signo de flaqueza, de falta de "hombría", de responsabilidad, de disciplina y hasta de inteligencia: 

"¡ Qué comemierda eres...!. Has llegado al reino del jamón, el queso, la carne, el vino, la cerveza, el whisky, el cognac, los 'carros', los buenos zapatos y ropa, las películas y los canales de televisión 'distintos', el sexo 'libre', Internet, y todo aquello que siempre añoramos en Cuba, ¿ y tú te pones a soñar y a querer realizarte como persona?. ¿ No te conformas con desayuno, almuerzo y comida, 'cositas' en colores y lumínicas, coche, teléfono móvil, europeas, hablar idiomas y todo eso...?. ¡ Qué comemierda eres...!". 

    "¡Olvídate de tus sueños, muchacho! Confórmate con trabajar, y ya. Oye, con el alma y el espíritu no se le da de comer a nadie..." 

¿ Te acuerdas de Malinalli Tenépal, alias "Malinche", la amante en América de Hernán Cortéz, su amante por estatus, por amor --dicen--, y por cama; y la esposa en España ( de conveniencia, de desamor acaso, y también de cama ) de Joaquín Jaramillo?. ¿ Te acuerdas de que vendió, entregó y ayudó a exterminar a los suyos por disfrutar de la "pacotilla" que le ofrecían los europeos, y que terminó viviendo en Europa, creyendo que se convertía, por obra y gracia de su "hazaña", en una auténtica señora europea cuando, en realidad, se convirtió en un símbolo de la raza indígena pero, para muchos, de lo peor de la raza indígena, de su maldición más terrible?.

"¡ Oh, Maldición de Malinche!

enfermedad del presente. 

¿Cuándo dejarás mi tierra ?, 

¿ cuándo harás libre a mi gente?" 

    En fin, que ya ha llegado el autobús a mi parada y no pienso ni siquiera escribir por todo el fin de semana... ¡ Chao...!. Nos vemos el lunes.